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29.11.11

Una amiga

Esto ocurrió cuando todavía me llamaba Álvaro.

Tenía una amiga lesbiana. Ella era (aún es), además, una de las mujeres más atractiva físicamente que conozco. Su figura, su cara, sus piernas… Sus nalgas. Todo lo que es hermoso de una mujer, lo tenía (y lo tiene). Nuestra amistad era incondicional. Aun cuando yo nunca pude evitar fantasear sexualmente con ella de vez en cuando, ella entendía que yo no soy un animal sin control de sus impulsos. El respeto siempre imperó. Nuestra amistad era incondicional.
Una vez fuimos a un bar con la única intención de emborracharnos. Sí, ya sé que es redundante, pero es que fue una de esas ocasiones en las que la intención estuvo perfectamente clara desde el principio. Es difícil que yo la pase bien cuando el propósito de una salida es embriagarme, soy del tipo que disfruta cuando una salida a cenar se transforma en una debacle alcohólica en honor al ingreso al hall de la fama de Nolan Ryan (por ejmplo) de forma natural y orgánica. Sin embargo, en esta ocasión el tequila tenía gracia y sentido. Cada trago, cada golpe a la madera de la barra era una resta a nuestras preocupaciones, a una de las tantas cosas que ella y yo queríamos olvidar sobre nuestras respectivas vidas. Veinticuatro y veintiséis golpes después ya no éramos nosotros, éramos dos extraños de mal hablar y mal caminar que trataban de encontrarse en el espejo en cada visita al baño, sin éxito. Volvimos a su casa, era demasiado temprano para admitir la derrota, destapamos dos cervezas y tratamos de ver una repetición de Dr. House. Una hora más tarde ella decidió vencer el sueño besándome. Nuestra amistad era incondicional.
Ambos buscábamos senos en el pecho del otro. Por más que ella insistió, solo yo los encontré. Todo era normal para mí, todo extraño para ella. Pero la piel es más fuerte que la voluntad, sobretodo cuando la piel es envase de alcohol y no de gente. Al día siguiente, al despertar, nos admitimos nuestro amor, pero a diferencia de nuestra amistad, nuestro amor sí tenía una condición. Afortunadamente, ya no.
Nuestro amor es incondicional.

1.8.11

¡Queremos pastel!

¡Mírala a ella! Tan feliz, bailando con su señor. Se ve tan feliz. Me pregunto cómo habrá sido la ceremonia. Seguramente fue algo magnífico, lleno de romance, de amor. Seguro se hicieron promesas y harán todo el esfuerzo posible por cumplirlas ¿Qué llevará a una persona a decidir casarse con otra? ¿Qué tan distinto será entre aquellos que se unieron en libertad, aquellos que escogieron y las personas como yo, que nunca tuvimos esa oportunidad?

Se ve hermosa bailando. Hace girar la falda de su vestido deliberadamente, fue por eso que lo escogió así, para hipnotizarlos a todos con su movimiento. Mi vestido, en cambio, no lo escogí, nunca lo vi hasta que lo tuve puesto y por algna razón, siento que nací con él. Así como a mi marido, a quien nunca vi hasta que arbitrariamente lo pusieron a mi lado. Me da miedo admitir que lo odio un poco, me da lástima porque sé que él tampoco tuvo opción. De pronto también me detesta, de pronto observa a los novios con la misma agonía que yo. Pero es imposible saberlo por su expresión. Inmóvil, inerte, inútil, un simple objeto de decoración en esta fiesta. Como yo.

Ahora que los demás invitados comienzan a bailar, ahora que todo el mundo se levanta y se distrae, yo me pregunto ¿Dónde están mis amigos?, ¿dónde está mi celebración? Mi matrimonio no tiene fiesta, no tiene alegría, no deja dolientes. Mi matrimonio es tan plástico como mi marido y yo.

Pasan las horas. Los invitados comen. Pronto será mi momento de brillar, los escazos minutos que toda novia debe tener, aún aquellas que no somos celebradas, aún aquellas que somos esposas sin ceremonia, sin votos, sin beso que selle ninguna unión. Solo el silencio absoluto de la imposicion.

Ahora que ambos están tan cerca siento la villanesca satisfacción de ver en los ojos de ella un pequeño destello de duda, de inseguridad. De pronto, aún cuando escoges a la persona con quien te vas a casar sigues siendo un títere de la fortuna. Si algo caracteriza a los seres humanos es su capacidad de sorprender, por más que conozcas a alguien siempre hay algo oculto, siempre hay un secreto que podría cambiarlo todo. Nunca habría imaginado que alguien en mi deprimente posición podría tener alguna ventaja frente a esta pareja tan sonriente ¡Tanto qué se divierten dándose de comer el uno al otro del pastel! ¡Tantas ganas de que el pastel no sea el pastel, sino el cuerpo del otro! Y todo podría terminar en el dolor y el odio más profundo, el de las promesas rotas, las ilusiones desechas, la amarga locura de la traición.

Pero bueno, no sé qué celebro. Por más incierto que sea el destino de estos recién casados, yo tampoco sé qué será de mi. En algunos momentos se irán los novios a celebrar su noche de bodas. En algún momento los invitados volverán a casa. Yo, en cambio, no sé qué será de mi, pero algo es seguro, es imposible que pase el tiempo y yo permanezca parada en lo más alto de este pastel.

30.5.11

(El basurero)

El niño se detuvo al llegar a la reja, lanzó su mochila por encima del alambre de púas y se arrastró con cierta dificultad por el pequeño espacio entre la parte inferior de la reja y un agujero aparentemente hecho por un perro. Se levantó, se sacudió la tierra, tomó su mochila y echó un vistazo a las grandes montañas de desperdicios que conforman la topografía de aquel particular basurero.
El niño comenzó a marchar sin prisa. Aunque venía con una meta muy específica, sabía que aún era temprano y siempre le entretenía hurgar un poco entre la pila de desechos, ya que en ocasiones encontraba algún tesoro inesperado que valía la pena conservar. Así fue que, después de rodear la montaña de promesas incumplidas, revisar con melancólica sonrisa aquella torre de sueños olvidados e ignorar deliberadamente las ilusiones desechas; el niño llegó al sitio que semana tras semana visitaba desde que tenía memoria, el descomunal cerro de corazones rotos, dónde esperaba conseguir lo que desde hace tanto tiempo ya buscaba.
Colocó su mochila al pie de la montaña y con mucho cuidado comenzó a meter las manos y a escarbar poquito a poco y con mucho cuidado. La labor siempre era difícil por el olor, casi imposible de soportar, que emanaba de aquel poquito de odio amargo que segrega el corazón al romperse y al que nunca se había podido acostumbrar.
Pasaron las horas. A ratos se ilusionaba al ver algo brillar, pero siempre era el brillo de algún primer amor que, inocente, había caído ahí por el camino del olvido y se conservaba casi siempre intacto. Al tocarlo, se sentía claramente la textura de lo irreal, de la ilusión, hermosa, infantil y pasajera.
La luz del día comenzaba a abandonarlo y con ella sus ánimos. Se vio a sí mismo sucio y cansado, así que decidió acabar su búsqueda más temprano que de costumbre. Cuidadosamente descendía hacia el sitio donde había dejado su mochila cuando, en un descuido, su pie quedó atorado en un hueco, que lo llevó a tropezar y a rodar montaña abajo, seguido de montones de cientos de corazones rotos que salpicaban sangre en todas direcciones como si tratara de una escena de terror. Molesto, se levantó, comenzó a quitarse trozos del cuerpo, pero eran demasiados, así que se resignó a esperar a llegar a su casa. Dio un paso y, ahí, su pie tropezó algo. Brillante, intacto, hermoso, lo que hace tanto tiempo había estado buscando, se encontraba frente a él.
El niño –que en realidad no es niño- tomó el preciado tesoro entre sus manos, le sacudió la tierra con la tela de su camisa y lo admiró. Tenía al máximo la aguja del medidor de belleza, sintonizaba con nitidez el canal de los recuerdos y, aunque estaba vacío el tanque de esperanza, traía una brújula que con obstinada resolución apunta siempre en dirección a tu sonrisa. El niño envolvió el corazón en papel periódico, lo guardó cuidadosamente en su mochila y emprendió, satisfecho, su regreso a casa; sin imaginar que en lo más profundo de su recién hallado corazón, había un reloj en cuenta regresiva que iba en 5… 4… 3… 2… 1…

22.2.11

Víctimas del salitre

Él se volteó para dar la cara a la puerta, quedando al borde del sofá en el que se encontraba acostado, como de costumbre. La forma de su cara permanecía por más y más tiempo cada vez en el cojín que adorna el respaldo del mueble. Había escuchado el sonido del llavero de Ella y aguardaba los segundos finales para verla entrar, con la ropa de trabajo que tan sexy le pareció desde siempre. Lastimosamente, esta vez las probabilidades de seducirla y apurar el almuerzo para conseguir un poco de sexo apresurado eran escasas. Hoy es un día de pelea. Pensó que habría sido chistoso esperarla con guantes de boxeo, pero los había dejado en el gimnasio y posiblemente su sentido del humor, encantador para ella alguna vez, en esta ocasión solo aceleraría el aumento de los decibeles de la dicusión.

Ella entró. Él se sentó derecho. Holas secos. Comida. Sonido de cubiertos en los platos. Silencio. Ella comenzó a hablar, a decir todo lo que la estaba molestando últimamente: ropa sucia, literal y figurativamente, siendo ropa un sinónimo de trapos, pensó él y sonrió de un lado de la boca. Rápidamente escondió la sonrisa, pero Ella lo conocía y vio la sonrisa aún en sus ojos y dejó salir la furia, el verdadero conflicto, todo aquello que la irritaba se hacía palabras que a su vez irritaban sus cuerdas vocales. Era grave, pero hermoso. Sin duda tenía la regla, para ponerse en ese estado irracional tan rápido. Él pensó que habría sido justo tomarse aquella media botella de tequila que había en el bar, el alcohol siempre hizo para él lo que las hormonas para ella. Volvió a sonreír, esta vez no lo escondió. El detonante de la discusión había sido su escapada el fin de semana anterior a la playa con sus amigos.

Suspiro. Los suspiros son cansancio, pensó. Esto iba más allá de la playa, era evidente que ella lo había dejado de querer, pero él nunca se dio cuenta a pesar de que ella nunca dio señales, aunque ella seguramente diría que dio cientos de señales. Tenía ganas de contestar y de pelear, la misma pelea de siempre, solamente que este era el último round. Pero no lo hizo. Una extraña sensación, sentía una segunda capa de pensamiento más arriba de la habitual, esa que está llena de reproches y críticas. Pensar. Callar para pensar. Suspiro. Los suspiros son madurez, pensó. Uno se enamora de lo humano, lo incómodo, lo molesto; siempre y cuando lo bueno nos permita olvidarlo. Un abrazo, un beso, sexo. Ella seguía gritando, el veía su escote y evaluaba la situación como una partida de poker ¿Qué mano necesito jugar para conseguir estrellar mi cara ahí por última vez? Esa era una gran pregunta. Suspiro… ¿O gemido? ¿Acaso el amor no es una mezcla de ambos? Con un gesto de la mano le indicó a Ella que se detuviera, porque de entre sus labios salían las patéticas palabras que por tercera vez escuchaba dirigidas directamente a él: Necesito tiempo.

Es una lástima, dijo Él. Porque aún queriendo no sabría como dárselo. Entonces, consciente de que el poco tiempo que tenía tendría que dárselo, puesto que ella lo estaba pidiendo, resolvió estirar la mano y alcanzó a meterla dentro de blusa y sostén. Ella quedó boquiabierta sin poder creer lo que sucedía y mucho menos el efecto que aquello estaba teniendo en su cuerpo. Bioquímica, hermoso artilugio de las carnes. Él con su metacarpo lograba decirle a su pezón lo que su boca había fracasado en decirle a sus oídos tantas otras veces. El amor es así, extraño. En algunas ocasiones las palabras quedan obsoletas y dar un beso es muy vano, mientras que poner la mano en la teta es la manera más adecuada de decir algo tan perversamente complejo como un te amo.

24.10.10

Amenaza

Al llegar al edificio donde vivo, me detuve en el buzón donde se deposita en común la correspondencia de los quince apartamentos. Después de barajar y husmear dentro del marco de lo legal y lo ético la correspondencia de todos mis vecinos, tomé lo que me correspondía. Un sobre y un pequeño paquete del tamaño de una cinta de VHS. El sobre era mi estado de cuenta bancaria, lo abrí, lo vi, me deprimí. El paquete estaba dirigido a mi, tal como lo dejaba ver una letra de molde escrita en tinta azul. Era liviano y al agitarlo se escuchaba algo rodando y golpeando contra las paredes. Lo comencé a abrir sin mayor interés, realmente no esperaba ningún paquete de nadie. Arranqué la cinta adhesiva con mucho cuidado para tratar de no arrancar ningún trozo de papel, lo hice para practicar y mejorar mi técnica al quitarle las etiquetas de precios a los libros, discos y películas. Fracasé y buena parte del papel se quedó pegado al adhesivo, revelando una caja blanca de cartón, también cerrada con la misma cinta. Repetí el procedimiento, pero al parecer mis libros, discos y películas están destinados a tener restos de pegamento de las etiquetas por siempre, parte del color blanco de la caja se quedó en la cinta dejando ver trazos marrones del cartón. Finalmente abrí la carta y adentro había una nota y lo que parecía ser un meñique, o el anular de alguien con manos pequeñas, como un niño o un enano. En la base tenía una gasa con un puntito rojo de sangre. La nota que acompañaba al misterioso apéndice decía 25 millones o un dedo cada 24 horas. También se daba una dirección. Guardé el dedo en el refrigerador y me senté a meditar, volví a ver mi estado de cuenta y tomé una decisión, al día siguiente iría personalmente a esa dirección a recoger mis 25 millones ¿Para qué querría yo un dedo cada 24 horas?

6.9.10

La conspiración de Jack Smith

Bien temprano en la mañana suena el despertador de Jack Smith. Se levanta de un salto, se prepara un licuado de frutas y sube durante 20 minutos a su bicicleta estacionaria. Para Jack es de vida o muerte tener buena condición física, especialmente en el área cardiovascular. Después del ejercicio, entra al taller donde con mucha delicadeza y mucho látex confecciona las distintas caras que tendrá que usar durante ese mes, mientras practica las distintas voces y acentos de todos los personajes que le toca interpretar.

A las 9:30 de la mañana sale de su casa en moto a toda velocidad hasta el puerto, ahí recibe dos contendores que deben ser llevados a dos importantes barrios de la ciudad, guía uno a uno a los conductores de ambos camiones, descargan una veintena de cajas de madera cerradas con clavos en las que sólo se lee “made in Taiwan”. Una vez entregadas las cajas y sin que los conductores sepan qué transportaron, Jack confirma con sus contactos las órdenes de repartir las dos toneladas de armas y drogas entre los principales delicuentes de la zona, todo esto en clave, de manera que cualquier transeúnte piensa que se está hablando de las muñecas Barbie que estarán de moda esta navidad. Son las 12:30 del mediodía y Jack Smith almuerza un sandwich mientras maneja la moto porque va tarde a su siguiente labor del día.

Una breve parada en casa para sacar la cara y el uniforme del obrero de la compañía eléctrica que “desapareció” hace algunos meses, cambiar velozmente el rotulado de la camioneta por el que corresponde a la ocasión y Jack sale a dos importantes sectores empresariales de la ciudad a cortar la luz. Ese día el corte tomará cerca de 6 horas en ser solventado, es perfecto. Son las son las 15:45 y Jack Smith regresa nuevamente a casa.

Con su nueva cara de dirigente político, Jack Smith pasa rápidamente por la oficina de correo a enviar los guiones de la rueda de prensa de dos candidatos y del noticiero de esa noche del canal disidente, luego sale a hacer campaña en los mismos dos barrios donde entregó las armas esa mañana. Su campaña critica la ineficiencia del actual gobierno en el tema de la seguridad ciudadana y los servicios básicos. Mientras Jack camina, va contando las casas, los locales comerciales y abastos de la zona, piensa que gracias a su trabajo algún día todo eso será propiedad de algún empresario de su país. Jack Smith es un patriota. Son las 18:25 y la tarde es agradable.

Después de un par de horas en el tráfico de la hora pico, Jack se ve obligado a cambiarse el rostro en plena autopista, no es problema, nadie se ha percatado. Jack finalmente llega a su oficina en uno de los principales diarios del país, comienza poco a poco separar las noticias antes del cierre de la edición, las malas a la derecha, las buenas a la basura. Son las 21:15 y Jack Smith está agotado y si no fuera por su excelente condición física nunca lograría todas sus labores, es hora de volver a casa, al día siguiente tiene que realizar los siempre tediosos sabotajes al servicio de agua y volver temprano a terminar de leer el manual para el ensamblaje de la máquina que causa terromotos.

No es fácil ser un agente de la CIA a cargo de la devastación de un país, Jack Smith lo sabe.

30.6.10

La violencia en Santiago

Finalmente, después de meses de entrenamiento y después de tres días de patrullar sigilosamente su vecindario, Santiago consiguió la oportunidad de poner a prueba lo que consideraba el propósito de su vida. Los vio saltar el muro de una casa a dos calles de la suya, eran dos, iban armados. Subió al techo de la casa lentamente, sin hacer ruido. Caminó por el techo sin agacharse demasiado, el traje y el pasamontañas negros le daban suficiente camuflaje en la noche sin luna. Las luces de la calle tenían días sin funcionar. A cada paso que daba podía sentir las tejas agrietándose bajo sus pies, pensó que esas tejas eran una perfecta metáfora para cada ley y cada regla que se disponía a romper. Silencio. Al acercarse al borde del techo, alcanzó a ver la luz de una habitación proyectada sobre el pasto del jardín. Escuchó la voz de uno de los delincuentes, le daba indicaciones a sus víctimas de permanecer en silencio, los amenazó de muerte.

Santiago se acostó sobre el borde del techo, bajó la cabeza para observar hacia el interior de la casa, la ventana era grande, estaba cerrada, pero era corrediza, de puro vidrio, no sería mayor problema para él. Podía ver al criminal apuntando hacia una esquina de la habitación, era joven, máximo veinte años de edad. No alcanzaba ver cuantas personas estaban siendo amenzadas por esa mano nerviosa con el dedo en el gatillo. De pronto entró el segundo de los delincuentes, no pudo ver su cara, pero sí vio cuando le dio un rollo de cinta adhesiva. Le dio la orden a uno de los rehenes de levantarse, era una mujer, por su cuerpo parecía joven, adolescente incluso, aunque tampoco pudo verle la cara. Vio como la amarraron de las manos, luego las piernas y finalmente un pequeño pedazo de cinta que funcionaría de mordaza. El hombre subió a la joven sobre uno de sus hombros como un costal y salió de la habitación. De pronto tratará de violarla, pensó Santiago. El primero de lo delicuentes, se quedó en el cuarto, caminó con la cinta adhesiva en las manos hasta desaparecer por el borde de la ventana, sin duda para amarrar a la otra víctima. No había mucho tiempo que perder. Al momento que el joven criminal volvió a aparecer en la ventana, ya teniendo a su víctima completamente inmovilizada, guardó su pistola en la parte de atrás de su pantalón y se recostó de espaldas en la ventana. Lo escuchó decir a la víctima que no se preocupara, porque su “bróder” trataría muy bien a la “princesa”. Era el momento.

Santiago se puso de pie, dio algunos pasos hacia atrás, alargó el cuello para ver en la sombra del jardín si su primer objetivo seguía en la misma posición, recostado de espaldas en la ventana. Dio un paso para tomar impulso y brincó con su cuerpo hacia adelante como si fuera a lanzarse de clavado. Cruzó las manos para tomar el filo del canal por el que escurre el agua de la lluvia y una vez que rebasó completamente el borde del techo y con sus manos bien posicionadas, los brazos se enderezaron y con ellos todo su cuerpo. Se balanceó con mucha fuerza con las piernas hacia la ventana y la atravesó golpeando al asaltante. El ruido del vidrio al romperse fue estridente. La patada había sido lo suficientemente fuerte para dejar a su primer oponente en el piso boca abajo. Perfecto, sin duda el otro habría escuchado la conmoción. La velocidad era clave. Santiago sacó la pistola del pantalón del delincuente y la usó para golpearlo en la nuca con mucha fuerza, sintió como el golpe rompió algún hueso del cráneo. Perfecto. No se levantaría en un rato, si acaso se levantaba. Volteó a la esquina y se encontró con una mujer de unos cincuenta años de edad, amordazada. La otra víctima, sin duda la madre de la joven. En aquellos ojos podía ver completo terror. Fue ahí cuando se percató de lo calmado que se encontraba, si bien se había preparado para este momento, igual nunca pensó que estaría tan tranquilo. Se llevó el dedo a la boca para indicarle a la mujer que hiciera silencio. Rápidamente sacó el enorme cuchillo de caza que traía en la pierna derecha y se colocó a un lado de la puerta. No pasaron tres segundos cuando el segundo criminal, el “bróder”, entró corriendo; pero no había terminado de abrir la puerta cuando el cuchillo atravesó su garganta. Santiago retiró el cuchillo con fuerza, haciendo que un gran chorro de sangre salpicara el piso. El cadáver se desplomó y quedó aparatosamente postrado contra el marco de la puerta. Santiago lo observó durante unos segundos, a ver si sentía algo al acabar por primera vez con una vida. No sintió nada, de pronto era la adrenalina haciendo su efecto. Un grito ahogado por la mordaza lo hizo voltear, el primero de los dos jóvenes se estaba recuperando, comenzaba a ponerse de pie apoyándose sobre su mano izquierda, pero Santiago lo hizo caer nuevamente barriéndole el apoyo con el pie. Lo tomó del cuello de la camisa y lo hizo voltear boca arriba. Ya estaba despierto, pero muy aturdido, sus ojos no podían enfocarse, no sabía lo que estaba sucediendo. Reaccionó cuando sintió las rodillas apoyándose en sus dos brazos, cerca de los hombros, para inmovilizarlo. Santiago lo miró fríamente a los ojos, comenzó estrangularlo, cada vez con más fuerza, sentía sus dedos enterrarse en el cuello, también los rodillazos desesperados en su espalda, pero todos sus músculos estaban concentrados en este momento. No dejaba de verlo a los ojos, quería ver el momento exacto en que la vida los abandonara. Sentía la agitación de la mujer amordazada en la esquina, sentia el horror de ella al verlo asesinar a sangre fría a estos dos que habrían hecho lo mismo con ella. Sin embargo, no se sintió mal, no sentía remordimiento, pensó que ver la luz de esos ojos perderse poco a poco a causa de sus propias manos era algo divino, celestial. Sintió amor. No podía ponerle otro nombre a lo que sentía por ese criminal que moría entre sus manos. Le agradecía la oportunidad liberar toda su violencia, por darle la bienvenida a ese otro mundo al que las personas “buenas” temen entrar. Finalmente aquellos ojos se desorbitaron y no hubo más pelea, no había más vida en ellos.

Santiago se levantó, volteó a ver a la mujer, sonrió y de un salto escapó por la ventana. Había conseguido su propósito, su razón de ser. Pensó que sólo a través de toda esa violencia era verdaderamente libre. Ahora el bien y el mal son la misma cosa, él es la evidencia. Su trabajo seguiría hasta la muerte, una muerte que le coqueteaba desde que nació y que ahora finalmente haría suya.

21.6.10

Elena ya no tiene la llave

Dicen que la ha perdido, yo asumo que la barrieron debajo de la alfombra. Sobre la mediocridad de la señora que limpia la casa de Elena recae la injusta sospecha. Su hijo, su tesorito, sería el verdadero culpable. Barría apresuradamente un desorden que hizo la noche anterior mientras cargaba una y otra vez su pipa con marihuana en compañía de algunos de sus mejores (para su mamá peores) amigos.

Pobre Elena, ella siempre ha tenido la llave. No era amiga del destino, ni de la idea del destino, pero no tenía, como nosotros, la posibilidad de decir que no creía en el destino. El de ella se le había parado enfrente con sonrisa retorcida, sardónica, inolvidable, le había dado una llave, que abre algunas cosas, cierra algunas otras, nunca da tregua y no la juzga nunca, aún cuando la ha perdido. Entiendan que no puede luchar el destino contra el amor de una madre por su hijo.

Yo conozco dos verdades, una está frente al espejo y la otra en el bolsillo trasero derecho de mi pantalón. Son superficiales mis verdades, porque que si fueran profundas, al momento de llegar a ellas, ya se hicieron viejas, mañosas y falsas. Elena no conoce ninguna verdad, al punto que esa palabra no significa absolutamente nada para ella. Ha sido amante de bandidos y bribones, de santos y de héroes. Alguno de ellos el padre del marihuanerito que, yo asumo, perdió la llave, la llave de su madre.

Es angustioso perderlo todo. Es difícil encontrarse a uno mismo cuando aquel objeto en el que uno depositó el sentido de su vida, de pronto se extravía. El miedo maneja a todos los seres humanos, mentira, a todos menos a quienes lo aceptan y tratan de superarlo. Fue así el caso de Elena, quien respiró profundamente, calmó su cabeza y antes de gritarle a nadie fue y vació su cartera y ahí, brillando sobre el mesón de la cocina, cayó la llave, perdida, en la vorágine que habita las carteras femeninas.

Yo estaba equivocado, Elena tiene la llave.

28.5.10

Es sólo un cuento (y son sólo personajes)

Este cuento que apenas comienzo a escribir, aunque triste, es mi cuento favorito.

Es muy temprano en la mañana, tus brazos alrededor de mi cuello, nuestras piernas imposibles de distinguir entre las sábanas. Ese rayo de sol que me despierta no es tan odioso cuando se refleja en esos grandes dientes que forman tu sonrisa. Finalmente siento la obligación de admitir que sí, eres dulce, pero tu boca me hace callar con un beso. Mi mano recorre tu espalda de arriba a abajo y de abajo a arriba, como si estuviera pensando intensamente la mejor manera de darle las gracias a tu piel por los favores recibidos. Tus costillas están tan cerca que ya no reconozco cuales son las mías y tu respiración casi entra en mis pulmones y pareciera que es la responsable de mi vida… Y ¡Vaya vida la mía!

Este cuento que acabo de escribir, aunque triste, es mi cuento favorito, no porque sea particularmente original, ni siquiera es bueno, pero se trata de ti y de mi.

5.4.10

Incontables estupideces

Aquel trago de aquella botella tenía sabor a buenas fiestas con viejos amigos, por eso su sonrisa guardaba, junto a la alegría del buen momento, un espacio para la melancolía. No hubo ahí un rastro de sufrimiento, sólo la placentera sensación de saberse querido, en tiempo presente, a través de recuerdos inevitablemente pasados.

A la luz de esa intermitente soledad, aquellas memorias tenían un resplandor casi solemne, cosa curiosa porque las que más apreciaba eran en su mayoría puras vagabunderías que mejor ni contarlas a quienes ahora lo acompañaban. La grandilocuencia que vestía sus recuerdos se la había dado el buen humor que nace en los que saben hacer de sus equivocaciones eventos dignos de la envidia de grandes artistas, a ver si luego el chisme da lugar a algún buen mito. Aquellos hechos que de ser confesados seguro levantarían algún cargo en alguna corte, siempre serán para él parte de la gesta heroica que ha sido vivir su vida con una mano adelante y la otra en la copa.

Así fue que esa noche comenzó el brillo de sus ojos. Al principio era atribuible al exceso de ron que corría en su organismo, pero los más observadores podían detectar algo más. Hubo un grito de amor en el aire que lo hizo volver en sí y es que con un grito como ese alguien podría salir corriendo, como ave espantada ante el primer disparo de un cazador. No pasó nada, piensa que supo disimularlo y volvió a sumirse en ese lugar normalmente invisible que ahora se delataba en un brillo detrás de sus pupilas, ahí estaba tranquilo todavía, sabía que tenía que disfrutarlo todo como estaba porque luego cuando él se atreviera a tratar de tocar la realidad y manipularla un poco para conseguir aquello que quería, segurito todo le salía al revés y terminaría nuevamente borracho, esta vez también extrañando aquellas buenas fiestas con viejos amigos, porque aquellos siempre son buenos para levantar ánimos caídos y para cruzarlo por el umbral de lugares inmorales, mientras él interpreta al hombre digno que no quiere estar ahí, en un fútil esfuerzo de postergar la sensación de culpa que inexorablemente le dará al ver el siguiente estado de cuenta.

Suficiente. El pesimismo no puede empañar el momento, el disfrute sigue ahí, al alcance de la mano y su sonrisa, aquella que guardó espacio para la melancolía, ahora lo va cediendo a su imaginación y vaya que tiene imaginación el hombre, que una sonrisa de ella le da para días enteros de historias dignas de las mejores y peores cintas hollywoodienses.

Ahí lo tienen, siempre se trata de alguna “ella”. Esa sonrisa de idiota tiene nombre y apellido. Casi aburre a su escaza audiencia con sus tonterías, porque él se sabe autor de incontables estupideces como esta, pero eso no lo frena, porque tarado como es, le basta con ver como se unen piernas y espalda en aquella mujer para restarle uno a uno todos los puntos que construyen con tanto orgullo su coeficiente intelectual. Al menos él se cree genio, queda por ver si es cierto y así le sobra un poco de cerebro al tenerla enfrente, aunque sea apenas suficiente para rescatar un par de palabras bonitas o algún viejo cliché que le salve la vida.

2.3.10

Esto, aquello y lo otro

Érase una vez Ramón, un pececito dorado que cometió el terrible error de hacerse pasar por muerto y terminó en el excusado. Aunque Augusto, el niño de 8 años dueño de Ramón, sólo supo que su papá lo había devuelto al mar. Federico, amigo de Augusto, sabía exáctamente lo que “devolver al mar” significaba, ya que había visto muerto al perro de su hermano y escuchó cuando su mamá, Claudia, le dijo que su papá lo había “llevado a la pradera”. Claudia engañaba al papá de Federico con Víctor, el vigilante de la garita de la calle en que vivían. Algo del asqueroso estado de ese baño de un metro cuadrado en el que cometían la fechoría la había hecho tener más orgasmos en tres meses que en sus 16 años de matrimonio, o al menos así lo sentía ella. Víctor había estado en la cárcel, ahí se hizo los tatuajes que atrayeron a Claudia en un principio. El artista era Marciel, un asesino de seis personas quien cumplía una larguísima sentencia. Aprendió a tatuar siguiendo el consejo de su primer compañero de celda, que en la cárcel hay que tener un algún tipo de pasatiempo para no enloquecer y pues, antes de convertirse en asesino múltiple, a Marciel se le daban muy bien los dibujos. El primer tatuaje que hizo fue a Leandro, un patético hombre condenado por violar a varias niñas, se decía que algunas eran menores de diez años, el tatuaje que le hizo era un gran letrero en su espalda que decía “MALDITO”. Leandro, antes de ser el lienzo de práctica de Marciel (catorce tatuajes en total, supuestamente uno por cada niña violada), había sido un hábil carpintero de un popular mercado de muebles. Se dedicaba a imitar los muebles más modernos de las distintas tiendas de la ciudad y lo hacía con un habilidad envidiable, aunque con materiales de menor calidad. La primera violación que cometió fue a la hija de su jefe, Reyna, de dieciseis años de edad, su excusa fue la de siempre en estos casos, ella era quien lo seducía. Eso había sido hace muchos años y Reyna logró superarlo, sin embargo, algunas noches, aún con su marido al lado, ella soñaba con aquella violación y en sueños la disfrutaba. Reyna trataba de entender por qué le sucedía esto, para eso contaba con Gregorio, su psicólogo, un hombre considerado por sus colegas como un talento desperdiciado, había renunciado a una importante beca por amor y ahora se dedicaba a atender pacientes a un precio relativamente bajo. Sin embargo, él estaba feliz. Había entrado a esta profesión para ayudar a la gente, con el ideal de ayudar a que otros no pasaran por lo que él. Su padre, Efraín, se había suicidado después de perder su empleo. La historia del suicidio fue dramática, ya que el cadaver fue descubierto por Miguel, un niño de seis años, en medio de un parque y con la mitada de la cabeza hecha un agujero. El trauma de Miguel fue grande, principalmente porque su mamá hizo un escándalo de proporciones descomunales, pero Miguel lo superó en su adolescencia, en gran medida con la ayuda de su mejor amigo, David, con quien tenía largas discusiones sobre la vida, la muerte, Dios, la religión; en fin, de esto, aquello y lo otro. Miguel recordaba particularmente una historia que habían leído y discutido juntos, una que convenció a David de que las vidas de todas las personas de la tierra, de alguna forma, están interconectadas.

13.2.10

Sangre

La parte más difícil no fue sacar toda mi sangre, fue ponerla a hervir mientras me hallaba completamente seco. No es fácil moverse cuando no hay irrigación de los músculos. Sin embargo, lo hice. Cada centímetro fue de dolor intenso, mi piel estaba completamente pálida, era papel, cada centímetro recorrido por mi brazo desgarraba las fibras de mis deltoides, bíceps, tríceps, flexores. Todos y cada uno deshaciéndose, como si se tratara del brazo de alguna antigua momia, pero nada salía de las grietas, mi sangre estaba toda en la olla donde suelo preparar la pasta. Parecía que se reía, pero podría haber sido una trampa de mis ojos, que comenzaban a arrugarse como plástico en una llama; aunque, cuando comenzó a hervir, podría jurar que escuché como mi sangre gritaba, pedía ayuda, imploraba por favor volver a recorrer mi cuerpo, deslizarse por mis arterias, atrincherarse en mis vasos, para regresar por mis venas y devolver el propósito a mi corazón. Sentí un profundo deseo de responder a sus súplicas. Cada vez era más difícil mantener el equilibrio. Mi razón me abandonaba. Es imposible pensar cuando no se tiene sangre en el cerebro. Mi deseo de ayudar se desvaneció, mi cuerpo comenzaba a desplomarse. Yo no veía, no sentía, no pensaba y aún así lo sabía, estaba cayendo al suelo, mi cuerpo se quebraba como un antiguo jarrón chino. El último vestigio de mis sentidos captó finalmente, dentro de la olla, la ebullición de mi sangre, ya era hora de poner la pasta y no había nadie alrededor.